La Casa Blanca ha decidido mover las fichas con mano de hierro en el tablero venezolano. La administración de Donald Trump destapó las cartas y puso sobre la mesa una hoja de ruta tan explosiva como precisa: demoler y renovar por completo los poderes públicos en tiempo récord para arrinconar al Palacio de Miraflores y obligar a una transición in extremis.
El plan, cocinado a fuego lento y confirmado sin anestesia por un alto funcionario del Departamento de Estado en una rueda de prensa telefónica, no deja margen a la duda. La estrategia exige una purga institucional quirúrgica que comienza con la reestructuración total del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y del Consejo Nacional Electoral (CNE).
«Una vez que se establezcan esas dos cosas, el nuevo TSJ a finales de este año y el nuevo CNE poco después —trabajo que ya ha comenzado—, Rodríguez debería declarar la vacante permanente en la presidencia», disparó el diplomático norteamericano, marcándole el compás y la cancha a la mandataria interina Delcy Rodríguez.
El cronograma de la presión máxima
La jugada busca activar un mecanismo de cuenta regresiva. Al consumarse la ansiada declaración de falta absoluta en la jefatura del Estado —un escenario que sacudiría los cimientos del chavismo residual—, la propia legislación venezolana obligará a apretar el acelerador para convocar a elecciones presidenciales en un lapso improrrogable de seis meses.
Lejos de ser una imposición unilateral, este diseño cronológico encaja milimétricamente con la estrategia defendida por la dirigente opositora Dinorah Figuera, al frente de la delegación de la Asamblea Nacional de 2015 en las negociaciones. La hoja de ruta de la disidencia venezolana ya contemplaba este mismo orden de factores: primero, barrer con el viejo TSJ antes de que se apague el año; después, pulverizar el actual arbitraje electoral con nuevas autoridades.
Con Washington marcando el ritmo y la oposición alineada en el terreno táctico, la presión sobre el Ejecutivo interino se vuelve insostenible. El reloj ya empezó a correr para Miraflores: o se pliegan a la transición tutelada por la comunidad internacional, o enfrentan el abismo de un proceso electoral inevitable y sin red de protección.




