Muchas personas llegan a terapia sin poder explicar con claridad qué les ocurre. Solo sienten que algo nunca encajó en su infancia. Ansiedad, ataques de pánico, fobias o conductas obsesivo-compulsivas suelen ser las primeras señales de un problema más profundo: haber crecido con un padre o una madre con rasgos narcisistas.
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Según explica el psicólogo español Antonio Torres, especialista en trauma y apego, los hijos de padres narcisistas suelen crecer en un entorno donde las necesidades emocionales del adulto siempre ocupan el centro de la escena. «Sabía que algo no encajaba en mi casa, pero nunca supe ponerle nombre», es una frase que escucha con frecuencia en su consulta.
En este tipo de dinámicas familiares, el progenitor puede adoptar distintos papeles: el héroe que se apropia de los logros de sus hijos, la víctima que convierte cualquier conflicto en una injusticia hacia sí mismo o el juez que decide quién merece afecto y quién castigo.
Mientras tanto, los hijos terminan desempeñando roles funcionales dentro de esa dinámica. Algunos son el «hijo dorado», cuya misión es destacar para alimentar el orgullo del padre o la madre; otros se convierten en el «chivo expiatorio», responsabilizado por todos los problemas familiares. También está el cuidador, que desde pequeño aprende a gestionar las emociones del adulto, y el llamado «niño perdido», que intenta pasar inadvertido para evitar conflictos. Estos papeles pueden cambiar con el tiempo, según las necesidades del progenitor.
Vivir en estado de alerta permanente
Uno de los efectos más comunes es desarrollar una hipervigilancia emocional. Los niños aprenden a detectar cualquier cambio de humor en sus padres porque su bienestar depende de ello. Lejos de ser conflictivos, suelen mostrarse obedientes, responsables y excesivamente complacientes.
Con el paso de los años, esas experiencias dejan huellas que persisten en la vida adulta. El perfeccionismo, la necesidad constante de aprobación, la culpa, la autocrítica excesiva y la dificultad para establecer límites son algunas de las consecuencias más frecuentes. A nivel físico también pueden aparecer tensión muscular, fatiga crónica y trastornos del sueño, producto de haber vivido durante años con el sistema nervioso en estado de alerta.
Cuando la dependencia continúa en la adultez
Aunque no todos los padres con estas conductas padecen un trastorno narcisista de la personalidad, los especialistas advierten que estas dinámicas pueden generar una fuerte dependencia emocional que se prolonga más allá de la adolescencia.
Expertos de la Chelsea Psychology Clinic señalan que muchos adultos criados en estos entornos necesitan la aprobación de sus padres para tomar decisiones importantes, sienten ansiedad al intentar poner límites o reproducen en sus relaciones de pareja los mismos patrones de complacencia aprendidos durante la infancia.
Por su parte, Psychology Today advierte que algunos padres también tienen dificultades para aceptar la autonomía de sus hijos adultos y continúan interviniendo en aspectos personales, laborales o afectivos como si aún fueran niños.
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Reconocer el patrón es el primer paso
Los especialistas coinciden en que el proceso de recuperación comienza al identificar estas dinámicas familiares sin caer en la culpa ni en la confrontación permanente. La terapia psicológica especializada puede ayudar a comprender el origen de estos patrones, desarrollar vínculos más saludables y construir una identidad propia, libre de los roles impuestos durante la infancia.
Con Información de TN.-




