Argentina está entrando en una zona de riesgo que no todos están viendo con la claridad necesaria.
Las recientes amenazas en escuelas, protagonizadas por niños y adolescentes, no son simples bromas ni hechos aislados. Son la expresión visible de un fenómeno más profundo: Es la incubación de conductas violentas en entornos digitales.
Durante años hablamos de bullying. Hoy ese concepto quedó corto. Lo que estamos observando es algo más grave: Jóvenes influenciados por redes de internautas, grupos virtuales y contenidos que no solo normalizan la violencia, sino que la incentivan.
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El problema no comienza en el aula. Comienza en la pantalla.
Un mensaje, un reto viral, una conversación en un grupo cerrado pueden escalar en cuestión de horas hasta convertirse en una amenaza real que paraliza una escuela, moviliza a la policía y siembra miedo en toda una comunidad. Lo más preocupante es que muchos de estos jóvenes no dimensionan las consecuencias de sus actos.
Aquí es donde debemos ser claros: esto ya es un problema de seguridad ciudadana.
Cuando una institución educativa se ve obligada a suspender actividades por una amenaza digital, cuando se activa un operativo policial por un mensaje en redes, estamos frente a una nueva forma de violencia que requiere una respuesta estructurada y urgente.
La solución no pasa por el castigo aislado, sino por la construcción de un sistema de prevención basado en corresponsabilidad.
Las autoridades escolares deben asumir que están frente a un nuevo tipo de riesgo. No basta con sancionar; hay que prevenir, detectar y actuar con protocolos claros.
La escuela debe transformarse en un espacio no solo de enseñanza, sino también de contención y alerta temprana.
La familia, por su parte, no puede seguir ausente del mundo digital de sus hijos. El teléfono móvil dejó de ser un simple medio de comunicación para convertirse en un entorno donde se forman conductas, se refuerzan ideas y, en algunos casos, se incuban riesgos. Supervisar, orientar y dialogar ya no es opcional, es una obligación.
Y la policía debe dar un paso adelante. No puede limitarse a reaccionar cuando el hecho ocurre. Debe anticiparse, integrarse a la comunidad educativa y comprender que la prevención hoy también pasa por lo digital.
Aquí cobra sentido un modelo de proximidad, de confianza, de presencia activa.
Porque la seguridad del siglo XXI no comienza en la calle. Comienza en el entorno digital.
No estamos frente a una generación perdida, sino frente a una generación expuesta. Expuesta a contenidos que no siempre comprende, a dinámicas que la empujan a buscar notoriedad sin medir consecuencias, y a una sociedad que, en muchos casos, llega tarde.
El desafío es enorme, pero también lo es la responsabilidad.
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Cuando un niño amenaza, no solo habla él. Habla el silencio de una familia que no vio, de una escuela que no detectó y de un sistema que no previno.
Todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo, en estos casos, no espera.
Braulio Seijas.

