KQA.- Desde su infancia en el icónico barrio de Catia, en Caracas, Venezuela, Gerson Aranda estuvo rodeado de ritmo y tradición. Hijo de Pedro Aranda, fundador del legendario Sonero Clásico del Caribe, el percusionista creció entre tumbadoras, cumpleaños familiares musicalizados y visitas de grandes soneros. «Mi papá llevaba al grupo a la casa cuando celebraban mi cumpleaños. Ahí empezó todo para mí«, recordó.
A los 13 años de edad ya tocaba profesionalmente gracias a su talento nato y a la guía de su amigo René Zambrano, quien lo llevó a la escuela de percusión del Taller de Sarria, donde fue aceptado por el maestro Orlando Poleo. Desde entonces, la música se convirtió no solo en su vocación sino en su bandera.
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Un camino entre leyendas
Con una carrera que lo llevó a compartir escenario con nombres como Celia Cruz, Cheo Feliciano, Willie Colón, Johnny Pacheco, Franco de Vita y Soledad Bravo, Aranda guarda innumerables anécdotas. «Con Celia Cruz, su primera impresión fue: ‘Ah, ¡eres un bebé!’, y se echó a reír. Luego me dijo: ‘Ven acá niño, necesito que me toques esa tumbadora bien agarrada, bien trancado'».
Más recientemente, tuvo el honor de tocar junto a Jorge Glem en el proyecto sinfónico LATINFÓNICO 2, uniendo lo clásico y lo popular en una fusión sin precedentes.
Argentina, renacer tras la adversidad
En 2016, un grave accidente en moto lo obligó a emigrar a Argentina. «Tuve cinco fracturas, casi pierdo la pierna. Llegué aquí para evitar que una bacteria me la quitara». Estuvo seis meses hospitalizado y fue operado dos veces. Apenas recibió el alta, ya estaba en tarima: «A la 1 am, ya estaba tocando con La Sonora Camarón».
Su llegada a la escena salsera de Buenos Aires fue natural, gracias a amigos músicos y una comunidad que se organizó para apoyarlo. «Se hizo un amanecer salsero para ayudarme con los gastos. Fue muy emotivo».

Crítico y formador
Aranda no escatima palabras al señalar las carencias de la escena local: «En Argentina no hay una banda salsera bien organizada. Hay problemas rítmicos, falta de fundamentos. La salsa es un género con raíces, no es solo montarse a tocar».
Actualmente lidera dos agrupaciones: Pachito Melao y Latin Lovers. Con ambas, trabaja desde la formación: hace sesiones individuales con los músicos y luego ensayos generales. «Les estoy enseñando el porqué de cada golpe, de cada frase musical. Los resultados son increíbles».
Graduado con mención en música y profesorado, también dedica parte de su tiempo a la enseñanza. «Lo primero que les enseño a mis alumnos es el fundamento. Sin raíz no hay fruto». Para él, la percusión afrovenezolana ocupa un lugar central en su pedagogía, resaltando la riqueza y variedad de los tambores según cada región del país.

Salsa, identidad y futuro
Gerson define su carrera con una palabra: resistencia salsera. «Es una música que se ha mantenido viva con el tiempo. La gente sigue escuchando a Celia, a Héctor Lavoe. El legado no muere«.
Aunque siente que en Buenos Aires la salsa está resurgiendo gracias a la migración y a las escuelas de baile, es crítico de la desinformación: «Se dan clases de ‘salsa’ que en realidad son rueda o timba. Eso confunde al público».
Como productor musical, está trabajando en el primer disco de Pachito Melao, que incluirá arreglos originales. También impulsa una productora con la que planea traer artistas internacionales y abrir espacios para la salsa verdadera.
«El tambor es identidad, es resistencia. Y desde Argentina, sigo tocando por mi historia, por mi país y por la salsa bien hecha«.




