Por Marina.- “Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”.
El cántico opositor por excelencia resuena en las calles de la turbulenta Venezuela, quince días antes de sus elecciones presidenciales y con un panorama político incierto para ambos bandos.
Como no sucedía desde hacía varios años, el pueblo bolivariano parece decidido a votar. De acuerdo con la encuesta realizada por Meganálisis, en mayo de este año el 92,9% de los venezolanos afirmó estar convencido de participar en las elecciones que se llevarán a cabo este 28 de julio.
Hace veintiséis años que el chavismo está en el poder; y hace veintiséis años que la oposición ha fallado en hacerse un lugar en el palacio de Miraflores, a pesar de afirmar contar con un apoyo popular masivo que no ha logrado verse reflejado en las urnas.
El único triunfo electoral confirmado de la oposición venezolana ocurrió el 6 de diciembre del 2015, año en el que consiguió la mayoría en la asamblea nacional (la versión venezolana del parlamento). Sin embargo, incluso esta victoria fue opacada por una jugada estratégica del chavismo en la cual afirmó la existencia de un fraude, declaró a la asamblea en desacato y absorbió sus funciones.
Tras esta derrota y las sangrientas protestas que le siguieron en el 2017, (para el 2 de agosto de ese año, el Observatorio Nacional de Conflictividad Social de Venezuela alegaba un total de 6.729 protestas y 163 fallecidos desde el inicio del conflicto, el 1 de abril de 2017) la por entonces llamada Mesa de la Unidad Democrática (coalición de partidos opositores que hoy se denomina Plataforma Unitaria), la participación en las urnas y la credibilidad de los principales dirigentes de la oposición cayó estrepitosamente: en las elecciones parlamentarias del 2015 se calcula una participación del 74,5%, mientras que en las elecciones regionales del 2017 participó un 53,94%, y en las regionales del 2021 un 41,8%.
A la vez que los números de participantes en las urnas decaía cada vez más al pasar de los años, el número de venezolanos en el extranjero aumentaba: para el 2020 se calcula que el 19,01% de la población venezolana vivía en el exterior.
Entonces, con una tasa participación tan baja y una tasa de conflictividad política e inmigración tan alta ¿cómo se explica el aparente momentum que hoy vive la oposición venezolana?
El fenómeno de María Corina Machado parece haber despertado a un pueblo dormido.
La candidata a la presidencia fue inhabilitada por primera vez en 2015, fecha en la que la Contraloría General de Venezuela afirmó que Machado había fallado en declarar unos bonos que recibió siendo diputada. A pesar de la negativa de María Corina ante esta afirmación, la inhabilitación fue ratificada el año pasado por su supuesto apoyo a las sanciones de Estados Unidos ante Venezuela.
Sin embargo, la imposibilidad de registrarse en el padrón electoral no le impidió a Machado participar en las elecciones primarias opositoras convocadas para el domingo 22 de octubre, en las cuales se llevó el 92,5% de los votos y en la que se calcula participaron alrededor de dos millones de venezolanos dentro y fuera del país.
Quizás Machado y sus electores esperaban una habilitación del oficialismo tras los acuerdos de Barbados celebrados el 17 de octubre de 2023. Sin embargo, la habilitación nunca vino; Machado intentó proponer como candidata primero a Corina Yoris, quién también fue inhabilitada por el chavismo sin un argumento claro. Finalmente, la odisea electoral de elegir un candidato que represente a Machado, concluyó con la inscripción exitosa de Edmundo González, un hombre cuya trayectoria política se limita a los cargos de embajador de Argelia y Argentina, antes de la llegada del chavismo al poder.
Sorprendentemente y contra todo pronóstico, el capital político que ostentaba Machado se transfirió inmediatamente a Edmundo; pareciese como si la esperanza que suscita María solo se hubiese fortalecido tras los impedimentos fallidos del oficialismo.
María Corina no figura en la fórmula presidencial y ni siquiera tiene la autorización de ostentar ningún cargo público por los próximos quince años. Sin embargo, es ella quien recibe los abrazos desesperados de los ciudadanos en su campaña, es ella quien recorre las calles a pie, lancha y moto para sortear los impedimentos que el chavismo intenta poner en su camino, y es ella quien levanta lo que parece ser el último bastión de la esperanza de la oposición venezolana. De Edmundo se sabe poco, y parece no tener importancia para la oposición si el hombre que presidirá al país de llevarse la victoria este 28 de julio tiene realmente una voz de mando capaz de dirigir a la nación.
Así pues, María Corina pretende ser una mano fantasma que dirija al país sin figurar en el cargo, y Edmundo, un acatador obediente de sus órdenes.
Cabe destacar que María Corina no fue siempre amiga de las urnas. De hecho, Machado se separó de la entonces Mesa de la Unidad Democrática en el 2017 justamente por su posición de llamar a la abstinencia en las elecciones regionales de ese año. Mientras que la MUD llamaba a votar, María Corina llamaba a abstenerse: y es así como se dio la primera ruptura entre la candidata y sus pares opositores.
¿Qué cambió desde el 2017 hasta el presente? No queda del todo claro la razón detrás del cambio de discurso de Machado, lo que sí sabemos es que no sólo cambió su propia retórica sino también la posición de sus pares ante su figura. La coalición partidista opositora que otrora sufría una profunda división entre sus integrantes, ahora parece apoyar sin restricciones a Machado (o, mejor dicho, a Edmundo).
Pero Maria Corina no fue siempre tan popular. Históricamente, era considerada la más radical entre los dirigentes opositores, y era vista por el electorado como una “sifrina” (término venezolano para calificar a la clase alta) que convocaba poco y nada. Fue la primera en catalogar como “dictadura” al gobierno chavista y parte de su ideología se basa en una corriente ideológica llamada “capitalismo popular” (valga la contradicción) cuyas bases resultan poco claras.
Sin embargo, su aceptación no ha hecho más que aumentar en los últimos años. Esto puede deberse a varios factores
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En primer lugar, es la única dirigente opositora que ha mantenido su postura radical, no ha formado parte de las mesas de diálogo con el gobierno y ha mantenido su discurso desde hace varios años (con la excepción de su cambio de perspectiva en cuanto a las elecciones, explicada anteriormente). En segundo lugar, María Corina parece ser la única que no ha traído consigo una decepción estrepitosa; los demás dirigentes opositores se han convertido en lo que la intelectual y académica Carmen Arteaga denomina “oposición leal”, una oposición que más que hacer frente al oficialismo pretende convertirse en un aliado de su juego político, en una especie de contrincante funcional cuya utilidad consiste en ser el enemigo que siempre acaba derrotado. En tercer lugar, su voluntad de retirarse del poder (al menos nominalmente) ante su inhabilitación y ceder el mando a un tercero.
“María Corina es la única que ha vendido un sueño y una ruta clara para lograrlo” me comenta con evidente emoción el abogado Luis Palacios, ex dirigente estudiantil y miembro del partido opositor Primero Justicia.
“Yo creo que ya el discurso de izquierdas y derechas está trillado, a la gente no le importa eso, a la gente solo le importa salir de este gobierno” afirma Palacios tras mi pregunta sobre si será posible que Machado capitalice el apoyo popular de las clases bajas que ha estado históricamente asociado al chavismo, incluso con su figura elitista que se transforma con el pasar de los años.
Por su parte, el gobierno de Maduro parece contrarrestar su falta de popularidad con despliegue de poder. El presidente figura trece veces en la boleta electoral; su cara sonriente se adueña enteramente de la primera fila, mientras que sus adversarios están relegados a ocupar posiciones esparcidas en el resto de la boleta, apareciendo como máximo seis veces.
El sucesor de Hugo Chávez no para de hacer amenazas respecto a una posible derrota de su partido, en recientes declaraciones afirmó que “las fuerzas armadas del país son profundamente chavistas” posiblemente insinuando una insurrección militar. ¿Qué tanto de esto son palabras vacías y que tanto es una promesa de levantamiento armado? Solo el tiempo lo dirá. Lo que sí es cierto es que desde que el militar Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones en 1999, las fuerzas armadas han estado históricamente de su lado (con unos pocos levantamientos aislados que resultaron infructuosos).
Así pues, la oposición venezolana parece apostar por un futuro incierto, renovando su fe en las urnas sin garantía de que su voto sea respetado y sin conocer a aquel que presidirá la nación en caso de ganar, mientras que el chavismo se aferra al poder con lo que le queda, acorralado por la presión internacional de sus enemigos históricos y hasta de alguno de sus pares (como Lula Da Silva, gran aliado del presidente Chávez que recientemente expresó su preocupación por el panorama electoral del país)
No sabemos si el gobierno efectivamente caerá, como aclaman los seguidores de Machado, lo que sí sabemos es que lo que pase el 28 de julio traerá un cambio de panorama como hace mucho no sucede en el país.

