KQA.- Andrés Mata llegó a Estados Unidos en 2016 con un objetivo claro: convertirse en médico y construir una carrera lejos de Venezuela. El camino estuvo marcado por dificultades económicas, barreras culturales y el desafío de revalidar sus conocimientos en un sistema completamente diferente. 10 años después, su trayectoria fue reconocida con su incorporación a Alpha Omega Alpha (AOA), una de las sociedades de honor académico más importantes de la medicina en Estados Unidos.
Nacido en Valencia, Venezuela, Mata encontró su vocación médica a partir de una experiencia familiar. Su padre atravesó complicados problemas de salud durante los últimos años de su vida y el acompañamiento de su cardiólogo, el doctor Paolo Marino, fue determinante para él y su familia.
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“Los médicos tenían un conocimiento que yo no tenía; además de propósito y relevancia social. Yo quería ser alguien con propósito”, recordó Mata al explicar por qué decidió estudiar Medicina. A esa motivación se sumó su interés por la ciencia.
Cursó Medicina en la Universidad de Carabobo y, tras emigrar a Estados Unidos, comenzó el proceso para continuar su formación profesional. Realizó los primeros dos años de Medicina Interna en Texas Tech University y posteriormente se trasladó a Saint Louis University para completar el último año y poder estar junto a su esposa, Gabriela, también colega médica.
Empezar de cero en Estados Unidos
Mata describe su llegada a Estados Unidos como “lo más difícil” que ha hecho hasta ahora. Su madre vendió la casa, el automóvil y otras pertenencias para reunir el dinero que necesitaba para emigrar. Llegó a Chicago durante el invierno, sin un lugar donde vivir y sin dominar el idioma.
A eso se sumó uno de los principales desafíos para cualquier médico extranjero: superar los exámenes de certificación USMLE, requisito fundamental para poder continuar la carrera médica en Estados Unidos.
Pero la preparación académica fue solo una parte del proceso. Mata también tuvo que pagar para realizar rotaciones con médicos, participar en investigaciones y construir un currículum que le permitiera competir por una residencia médica.
Durante ese período, la situación económica fue especialmente complicada. “Tuve que hacer todo eso y al mismo tiempo sobrevivir sin dinero, buscando comida gratis en centros de acopio, con ayuda de amigos estadounidenses de la iglesia”, recordó.
Para el médico venezolano, esa experiencia no fue excepcional. “Esta es la realidad de muchos médicos venezolanos y latinoamericanos. Mi esposa y mis amigos pasaron por exactamente lo mismo que yo”, señaló.
Su principal desafío, explicó, fue reconstruir su trayectoria profesional dentro de un sistema completamente diferente, sin abandonar las enseñanzas recibidas de sus mentores venezolanos.
Sin embargo, las dificultades no fueron únicamente profesionales. “Las sillas vacías, la carencia de abrazos y no poder despedirme de mi abuela”, respondió cuando se le preguntó qué ha sido lo más difícil de construir una vida lejos de Venezuela.
El reconocimiento de Alpha Omega Alpha
En 2024, su trayectoria recibió un reconocimiento que no esperaba: fue incorporado a Alpha Omega Alpha, una sociedad de honor académico de la medicina en Estados Unidos.
El proceso comienza con la nominación de candidatos por parte de miembros de la organización y continúa con una evaluación de su trayectoria por parte de un comité. La distinción reconoce, entre otros aspectos, el compromiso con la excelencia académica y la formación de nuevas generaciones de médicos.
Mata recibió la noticia a través de un correo electrónico oficial. La reacción fue de sorpresa y, según sus propias palabras, también apareció el denominado “síndrome del impostor”.
“No me lo imaginé, ni siquiera sabía que a mi alrededor había miembros de AOA”, contó.
El médico consideró que su participación en la formación de estudiantes y residentes, sus actividades académicas y su trabajo de investigación fueron algunos de los elementos que pudieron contribuir a la distinción. Sin embargo, asegura que nunca buscó el reconocimiento.
“Creo que fue simplemente decir presente a cualquier necesidad u oportunidad académica. Estar para los estudiantes y asegurarme de que haya una generación de relevo digna de cuidar a los pacientes”, explicó.
Para Mata, la distinción tiene un significado que trasciende el ámbito profesional: “Que si nuestros valores son inquebrantables vamos a llegar al lugar correcto y que la única forma de perder es rindiéndose”.
Como médico venezolano, además, siente que el reconocimiento representa una reivindicación del esfuerzo de quienes lo ayudaron a formarse. “Significa que puedo decirle con certeza a mis mentores que sus sacrificios por mi educación valieron la pena”, afirmó.
La medicina que aprendió en Venezuela
Aunque lleva una década en Estados Unidos, Mata asegura que su formación venezolana continúa presente en su manera de atender a los pacientes.
“A mí me enseñaron a mirar, escuchar, olfatear, tocar y auscultar al paciente. Sin eso, una resonancia magnética de 3 o 7 Tesla no tiene valor alguno”, sostuvo.
Para el médico, la tecnología nunca debe desplazar la dimensión humana de la profesión. “El paciente es un ser humano, no es un carro que puedes separar por piezas”, resumió.
También reconoce que el sistema estadounidense tiene enormes recursos, pero plantea sus propias dificultades. A su juicio, el sistema de salud está fuertemente condicionado por grandes grupos financieros y los médicos han perdido parte del control sobre su funcionamiento.
Al mismo tiempo, destaca la diversidad cultural de Estados Unidos y el desafío que implica atender a pacientes con diferentes orígenes y expectativas. “Hay que adaptarse para poder tratarlos individualmente y bajo el concepto de dignidad que ellos perciben”, explicó.
Sobre Venezuela, aclara que ejerció allí durante pocos meses antes de emigrar y que no ha podido regresar desde entonces.
Venezuela, siempre presente
Aunque asegura que nunca se planteó como objetivo “representar” a Venezuela, Mata considera importante demostrar que los profesionales venezolanos pueden competir en cualquier escenario.
“Me parece importante que los demás sepan que no somos menos que nadie”, afirmó.
Mantiene contacto con antiguos profesores y familiares y espera, en el futuro, poder aportar a la modernización académica y del ejercicio de la medicina en Venezuela.
“Venezuela necesita a los mejores. Yo por ahora estoy despegando”, dijo.
Entre las cosas que más extraña menciona las celebraciones familiares del 24 y 31 de diciembre, las parrillas con sus tíos Ricardo y Douglas y el olor de los cayos de Morrocoy.
Los pacientes que marcaron su carrera
Mata aseguró que disfruta especialmente del trabajo hospitalario y de la posibilidad de intervenir bajo presión. “El consultorio no es lo mío”, reconoció.
Entre las experiencias que más lo marcaron recuerda la historia de un venezolano que cruzó el Darién y posteriormente desarrolló insuficiencia cardíaca. Con el tiempo, logró recuperarse.
También recuerda a un paciente que sufrió un desprendimiento de la válvula aórtica. Junto con la doctora Alejandra García, también venezolana, logró mantenerlo con vida en terapia intensiva hasta que pudo ser trasladado de emergencia a una cirugía cardíaca.
Para Mata, sin embargo, sus mayores logros no se encuentran en un diploma o un reconocimiento. Los resume en tres personas: cumplirle la promesa a su madre de que lo lograría, darle la razón a su abuela, que nunca dudó de él, y convertirse en el esposo que Gabriela merece.
El próximo objetivo: convertirse en cardiólogo
Su carrera todavía está lejos de terminar. El próximo gran objetivo es concursar para ingresar a la especialidad de Cardiología. Para conseguirlo, sabe que todavía debe completar más investigaciones médicas y avanzar en los requisitos migratorios y profesionales necesarios.
Actualmente trabaja como adjunto académico en el hospital de Saint Louis University, donde participa en la formación de estudiantes y residentes, además de desarrollar investigaciones relacionadas con el área cardiovascular.
Su sueño es convertirse en cardiólogo intervencionista de alto riesgo, con la posibilidad de especializarse también en intervencionismo estructural. En cinco o diez años espera ejercer en Chicago.
Si pudiera hablar con el joven venezolano que llegó a Estados Unidos en 2016, su consejo sería breve: “Confía más en Dios, aprende inglés, llévate a tu abuela contigo”.
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Mata atribuye sus logros a su fe y a las personas que lo acompañaron durante el proceso. Entre ellas menciona especialmente a su esposa Gabriela, su madre Heddy Hidalgo y a sus mentores en Venezuela y Estados Unidos.
Y para los venezolanos que hoy siguen una historia similar a la suya, deja un mensaje de apenas tres palabras: “Sí se puede”.




