Especialistas en salud mental advierten que, además de las pérdidas humanas y materiales, miles de sobrevivientes enfrentan un profundo impacto psicológico. Validar las emociones, fortalecer las redes de apoyo y atender los síntomas a tiempo son claves para iniciar el proceso de recuperación.
La vida de miles de venezolanos cambió por completo en cuestión de segundos. El doble terremoto registrado el pasado 24 de junio no solo provocó el colapso de edificaciones, sino que también dejó profundas heridas emocionales en una población que ahora debe afrontar el duelo por la pérdida de familiares, viviendas y pertenencias.
De acuerdo con el más reciente balance oficial, la tragedia dejó cerca de 4.000 fallecidos, 856 edificios afectados y al menos 18.000 personas sin hogar. Detrás de estas cifras hay miles de historias marcadas por el dolor, la incertidumbre y la necesidad de reconstruir sus vidas desde cero.
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Frente a una experiencia tan traumática, muchas personas buscan de inmediato una forma de dejar de sentir angustia o sufrimiento. Sin embargo, la psicóloga clínica Ninfa Pérez explica que el primer paso no consiste en eliminar esas emociones, sino en reconocerlas y permitir que sigan su curso natural.
Validar las emociones y enfocarse en el presente
Según la especialista, egresada de la Universidad Central de Venezuela (UCV), las emociones tienen una función biológica y adaptativa.
«Cuando ocurre un evento inesperado de esta magnitud, el cerebro intenta comprender una realidad que dejó de ser predecible y segura. Esa incertidumbre genera respuestas emocionales completamente normales», explica.
Para comenzar el proceso de recuperación, Pérez recomienda tres acciones fundamentales.
La primera consiste en validar las emociones, entendiendo que el miedo, la tristeza, la desorientación o la rabia son reacciones esperables después de una experiencia extrema.
El segundo paso es concentrarse en el presente. La especialista señala que el cerebro suele anticipar escenarios futuros como mecanismo de protección, lo que incrementa la ansiedad. Por ello, aconseja enfocarse en aspectos inmediatos y concretos, como respirar conscientemente, alimentarse adecuadamente o realizar una tarea sencilla, permitiendo recuperar poco a poco la sensación de estabilidad.
Finalmente, destaca la importancia de retomar pequeñas rutinas diarias. Cuidar el descanso, mantener hábitos básicos de higiene y apoyarse en familiares, amigos o vecinos ayuda a reconstruir el sentido de control sobre la propia vida.
Cuando el cuerpo permanece en estado de alerta
Durante las primeras semanas posteriores al desastre, es habitual que aparezcan manifestaciones tanto físicas como emocionales.
Entre los síntomas más frecuentes se encuentran el insomnio, el agotamiento, la hipervigilancia ante cualquier ruido, la irritabilidad, los cambios bruscos de humor, las conductas de evitación y la repetición involuntaria de imágenes del terremoto, fenómeno conocido como rumiación.
Pérez aclara que estas respuestas forman parte del proceso normal de adaptación. No obstante, advierte que si los síntomas se mantienen durante más de cuatro semanas y comienzan a afectar la vida familiar, laboral o social de la persona, podría tratarse de un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), por lo que resulta indispensable acudir a un profesional de la salud mental.
Por su parte, el padre Danni Socorro, director de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), señala que la población venezolana ya venía enfrentando una importante vulnerabilidad psicosocial debido a las crisis acumuladas durante los últimos años.
Esta situación, explica, hace que muchas personas permanezcan en un estado permanente de hiperalerta, una condición que también afecta a rescatistas, voluntarios y líderes comunitarios, quienes además de vivir la tragedia deben acompañar emocionalmente a quienes perdieron a sus seres queridos.
La culpa del sobreviviente
Uno de los sentimientos más difíciles de afrontar tras una catástrofe es la llamada «culpa del sobreviviente», especialmente entre quienes presenciaron la muerte de familiares o vecinos.
De acuerdo con Pérez, este fenómeno responde a un mecanismo inconsciente mediante el cual la persona intenta recuperar una sensación de control sobre lo ocurrido.
«La idea de sentirse culpable responde a la necesidad de pensar que, si hubiera actuado de otra manera, el desenlace habría sido diferente», explica.
La especialista agrega que, en muchos casos, esa culpa también funciona como un vínculo emocional con quien falleció. Algunas personas llegan a experimentar que sentirse tranquilas o continuar con su vida representa una forma de traicionar la memoria de quienes ya no están.
En estos casos, el objetivo del tratamiento psicológico no es acelerar el proceso de duelo, sino acompañar a la persona para que logre integrar la experiencia dentro de su historia de vida y comprenda que se enfrentó a un hecho imposible de controlar.
El duelo por perder un hogar y los recuerdos
Las consecuencias emocionales no solo están relacionadas con la pérdida de vidas humanas.
Tras el terremoto, alrededor de 18.000 personas quedaron sin vivienda y debieron trasladarse a refugios temporales, donde las prioridades pasan a ser conseguir alimentos, agua potable y un lugar seguro para dormir.
Pérez explica que, en estas circunstancias, resulta difícil elaborar el duelo porque las necesidades básicas ocupan el primer lugar.
Basándose en la teoría de la pirámide de Maslow, señala que mientras no exista seguridad física y biológica es prácticamente imposible dedicar recursos emocionales suficientes al procesamiento del dolor.
La psicóloga también subraya que la pérdida de objetos personales no debe minimizarse.
Fotografías, ropa, documentos y otros bienes representan parte de la identidad y la historia de cada persona.
«Los objetos guardan recuerdos, esfuerzo y tiempo invertido. Perderlos también significa perder una parte importante de nuestra historia personal», afirma.
Por ello, el acompañamiento terapéutico busca validar ese sufrimiento y ayudar a reconstruir la identidad sin esos elementos materiales.
La importancia de las redes de apoyo
En los refugios donde conviven personas que no se conocen entre sí, la especialista recomienda asignar responsabilidades sencillas, como organizar listas, colaborar con la distribución de alimentos o participar en tareas comunitarias.
Estas actividades ayudan a disminuir la incertidumbre, fortalecen el sentido de utilidad y favorecen la recuperación emocional.
Asimismo, aconseja practicar ejercicios de respiración para regular el sistema nervioso y reducir los niveles de ansiedad.
Al momento de brindar apoyo, Pérez insiste en evitar frases como «todo pasa por algo», «tienes que ser fuerte» o «al menos estás vivo», ya que este tipo de expresiones puede minimizar el sufrimiento de las víctimas o hacerlas sentir incomprendidas.
Tampoco recomienda insistir para que las personas relaten lo ocurrido si aún no están preparadas. Lo más importante, señala, es preguntar qué necesitan en ese momento para sentirse seguras y acompañadas.
Atención psicológica para los afectados
Ante el aislamiento que suele provocar el trauma, el padre Danni Socorro hace un llamado a fortalecer la solidaridad y el acompañamiento comunitario.
Además, recomienda adoptar una «dieta comunicacional», limitando la exposición constante a noticias sobre la tragedia y consultando únicamente fuentes oficiales para evitar una sobrecarga emocional.
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Como parte de la respuesta a la emergencia, la Universidad Católica Andrés Bello activó diversos mecanismos de apoyo psicológico a través de la plataforma @psicodatazla.
Entre ellos se encuentran Psicolínea, un servicio gratuito y confidencial de atención telefónica, y Psicomapa, un directorio que reúne servicios de salud mental disponibles tanto de forma presencial como remota para atender a las personas afectadas por la emergencia nacional.
Con Información de ElNacional.-




