En las últimas décadas, la investigación sobre la relación entre el estrés y la salud ha aportado información relevante para el tratamiento de diversas afecciones cutáneas.
El estrés puede tener múltiples efectos sobre la piel: desde agravar brotes de acné hasta provocar sequedad y sensibilidad, aumentar el riesgo de infecciones y desencadenar o empeorar enfermedades como el eccema, la psoriasis y la urticaria.
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“La piel se ve afectada tanto por el estrés físico como por el emocional”, explica la Dra. Alia Ahmed, especialista en psicodermatología, un campo emergente que aborda de forma conjunta la salud mental y la dermatológica. La especialista señala que evalúa no solo los síntomas físicos de sus pacientes, sino también su estado de ánimo, niveles de ansiedad, patrones de sueño, alimentación y actividad física.
“Los dermatólogos a menudo actúan como detectives”, señaló en declaraciones recogidas por la BBC, al destacar que la piel puede reflejar el estado general de salud de una persona.
El cerebro y la piel comparten un origen embrionario común y mantienen una estrecha conexión. Ante situaciones de estrés, el organismo libera hormonas como el cortisol y la adrenalina. En niveles moderados, esta respuesta de “lucha o huida” puede ser adaptativa; sin embargo, cuando se prolonga, estas sustancias pueden aumentar la inflamación y agravar enfermedades cutáneas.
Además, el estrés puede debilitar la barrera cutánea, la capa protectora externa de la piel, facilitando la pérdida de humedad y la entrada de irritantes y alérgenos, lo que favorece la sequedad y la sensibilidad. También reduce los péptidos antimicrobianos, moléculas que ayudan a combatir microorganismos, aumentando la susceptibilidad a infecciones.
Diversos estudios indican, asimismo, que el estrés puede empeorar el acné al estimular la producción de sebo, una sustancia oleosa que obstruye los poros y favorece la aparición de lesiones.
La Dra. Ahmed añade que el estrés también puede alterar el sueño, lo que dificulta los procesos de reparación de la piel.
“El estrés se vuelve perjudicial cuando sentimos que no podemos controlarlo”, señala la profesora Rajita Sinha, de la Universidad de Yale. En ese punto pueden aparecer síntomas físicos como dolores de cabeza o malestares digestivos, así como irritabilidad, olvidos o insomnio.
Entre las recomendaciones para reducir su impacto, la especialista sugiere la práctica regular de ejercicio físico, que puede ayudar a disminuir los niveles basales de cortisol y moderar sus picos en situaciones de tensión.
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También destaca la meditación de atención plena. Estudios científicos indican que su práctica sostenida puede fortalecer la corteza prefrontal, una región clave en funciones cognitivas superiores, y mejorar su conexión con otras áreas del cerebro.
Las terapias basadas en mindfulness han mostrado resultados positivos en la calidad de vida de pacientes y en la mejora de síntomas en algunas enfermedades dermatológicas.
Con Información de diarioversionfinal.com.-




