Corría el año 2000 cuando comenzaron formalmente las negociaciones para un Acuerdo de Asociación Birregional entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur. Pocos imaginaban entonces que las conversaciones se extenderían durante 26 años, hasta llegar a enero de 2026, cuando finalmente se sellará uno de los tratados comerciales más postergados y esperados a nivel global.
La firma del acuerdo representa un hito histórico por su magnitud e impacto. Permitirá la conformación de un mercado con aranceles mínimos para bienes y servicios que abarcará a más de 750 millones de consumidores, equivalentes a casi el 30% del PBI mundial y cerca del 35% del comercio global. Se trata, sin dudas, del mayor acuerdo alcanzado por el Mercosur desde su creación en 1991, y también de uno de los más relevantes para Bruselas.
A mayor magnitud, mayor complejidad. Esa fue la lógica que marcó un proceso negociador atravesado por avances, retrocesos y tensiones políticas. Hubo etapas de optimismo extremo y otras de cautela, momentos en los que la firma parecía inminente y otros en los que el diálogo parecía naufragar sin rumbo claro.
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Pese a ese derrotero, la firma final del acuerdo de libre comercio entre ambos bloques se concretará en Asunción, en un escenario cargado de simbolismo: el Gran Teatro José Asunción Flores, del Banco Central del Paraguay, el mismo lugar donde en 1991 se rubricó el Tratado de Asunción, acta fundacional del Mercosur. El presidente paraguayo, Santiago Peña, buscará destacar ese paralelismo histórico en su discurso.
La foto que quedará para la historia, sin embargo, tendrá una ausencia de peso. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, decidió no asistir al acto, en una señal que deja al descubierto las tensiones internas dentro del bloque sudamericano. En su lugar participará el canciller Mauro Vieira. La decisión no fue bien recibida por algunos socios, y se sumó a la controversia generada por la reunión que Lula mantuvo el viernes previo en Río de Janeiro con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa.
Ese encuentro, celebrado en el Palacio de Itamaraty, fue interpretado por varios actores diplomáticos como una suerte de “contracumbre”, en la que el mandatario brasileño exhibió el peso político y económico de Brasil. En ámbitos diplomáticos se preguntaron si no hubiese sido más oportuno que la cúpula europea se reuniera con Lula después de la firma en Asunción y no antes. En política exterior, los gestos también cuentan.
Impacto comercial y político
Más allá de las tensiones, las cancillerías del Mercosur y las principales autoridades de la UE coinciden en priorizar el impacto concreto y estructural del acuerdo en el mediano y largo plazo. Esa es también la línea que impulsa la Argentina desde la Cancillería que encabeza Pablo Quirno.
Para que el tratado entre en vigencia, deberá ser ratificado por los parlamentos de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y por el Parlamento Europeo. Si bien no se anticipan grandes obstáculos, se abre una carrera clave dentro del Mercosur: el país que apruebe primero el acuerdo podrá adelantarse en la negociación de cuotas y beneficios sectoriales.
Desde la perspectiva sudamericana, la UE eliminará aranceles para el 92% de las exportaciones del Mercosur y otorgará acceso preferencial a otro 7,5% mediante cuotas u otros mecanismos. Además, el 99% de las exportaciones agropecuarias quedará libre de aranceles.
En la Argentina, el sector agroexportador ha sido uno de los principales impulsores del acuerdo en los últimos meses, con el objetivo de lograr una rápida aprobación legislativa y disputar espacio con Brasil, su principal competidor regional. Estimaciones oficiales indican que las exportaciones agroindustriales argentinas a la UE podrían crecer un 15% en la próxima década.
En el corto plazo, los productos más beneficiados serán carnes, langostinos, calamares, biodiésel, merluza, miel y frutas, lo que permitirá mejorar la competitividad frente a países que ya cuentan con acuerdos preferenciales con la UE, como Chile, Ecuador, Perú, Canadá o Nueva Zelanda.
Por su parte, Bruselas proyecta que sus exportaciones al Mercosur aumenten hasta un 39%, lo que plantea desafíos para sectores sensibles, en especial el automotor, que eliminará gradualmente los aranceles a la importación de vehículos de pasajeros en un plazo de 15 años, así como para las industrias química, farmacéutica y de maquinaria.
Entre los gobiernos y el empresariado sudamericano predomina la expectativa de que los impactos negativos iniciales puedan ser compensados e incluso revertidos en el largo plazo, a partir de una mayor integración y competitividad.
El acuerdo también incorpora exigencias en materia ambiental y regulatoria, impulsadas por la UE, que requerirán adaptaciones normativas en varios países del Mercosur. Fuentes consultadas coinciden en que este capítulo clausura definitivamente cualquier posibilidad de que la Argentina se retire de los Acuerdos de París, una opción que en algún momento fue mencionada por el presidente Javier Milei.
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Aunque se trate formalmente de un tratado comercial, su trasfondo es profundamente político. Las resistencias dentro de Europa —con Francia como principal referente—, las diferencias internas del Mercosur y el contexto internacional marcado por un nuevo giro proteccionista en Occidente, con Donald Trump como figura central, le otorgan al acuerdo una dimensión estratégica.
Para Bruselas, el pacto también representa una oportunidad de reafirmar su vínculo con América Latina, una región que vuelve a ganar peso geopolítico en un escenario global cada vez más fragmentado.
Con Información de TN.-




