KQA.- César Miguel Ferrer Hernández tiene 19 años de edad y acaba de egresar como técnico en electrónica de la Escuela Técnica Raggio, una de las instituciones educativas más emblemáticas de la Ciudad de Buenos Aires.
Su trayectoria educativa quedó marcada este año por un logro excepcional: obtuvo el mejor promedio de la Ciudad de Buenos Aires, distinción que lo convirtió en referente del sistema educativo porteño y que fue acompañada, además, por el otorgamiento de una beca para continuar su formación académica.
El reconocimiento despertó felicitaciones de alto nivel institucional. Entre los mensajes recibidos se encuentran los del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, y la ministra de Educación de la Ciudad, Mercedes Miguel. También fue felicitado por universidades como la Universidad Católica Argentina, la Universidad de Belgrano, la Fundación Barceló y la Universidad Austral, además del respaldo del rector de la Escuela Técnica Raggio, Diego Viola, y de autoridades del sistema de educación técnica de la Ciudad de Buenos Aires.
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César vive junto a su familia en el barrio de Agronomía, pero su historia comienza lejos de allí, en Punto Fijo, Península de Paraguaná, estado Falcón, Venezuela. Su recorrido personal y académico está atravesado por la migración, el esfuerzo familiar y una profunda convicción sobre el valor de la educación como herramienta de transformación.
En 2018, en medio de la crisis que atravesaba su país de origen, su familia tomó la decisión de emigrar a la Argentina. Primero llegó su padre, Ángel Miguel Ferrer Rossell, y aproximadamente ocho meses después se reunieron con él su madre, Carmen Cecilia Hernández Gómez, su hermano menor, Miguel Alejandro Ferrer Hernández, y el propio César.
No se trató de una migración planificada en busca de oportunidades concretas, sino de una salida forzada por la falta de garantías para una vida digna. Sin embargo, el motor fue un sueño compartido: prosperar, estudiar, formarse y ejercer una profesión al servicio de los demás. Ese proyecto no fue individual, sino colectivo, sostenido también por abuelos, tíos y seres queridos que permanecieron en Venezuela y acompañaron la decisión a pesar del dolor de la distancia.
El proceso de adaptación en Argentina no estuvo exento de dificultades. Para sus padres significó recomenzar desde cero, con la certeza de que lo único seguro que traían consigo eran la educación y los valores. César destacó que nunca expusieron el sacrificio cotidiano, sino que eligieron sostener a la familia con estabilidad, aun cuando el desarraigo fue especialmente duro para ellos.

Para César y su hermano, en cambio, la inserción fue más rápida. Llegaron al país con alrededor de once años de edad y lograron adaptarse al nuevo entorno cultural y educativo, favorecidos por la edad, la hospitalidad de la sociedad argentina y el acompañamiento familiar y espiritual.
Dentro del sistema educativo argentino, los desafíos estuvieron vinculados principalmente a la exigencia académica, el volumen de lectura y el ritmo de estudio. Lejos de convertirse en obstáculos, esas dificultades se transformaron en herramientas de crecimiento personal y formativo.
En ese camino, la Escuela Técnica Raggio ocupó un rol central. La institución propone una formación integral que va mucho más allá de la especialización técnica. Además de formarse como técnico en electrónica, César participó en concursos literarios, integró el periódico escolar La Chispa, formó parte de agrupaciones estudiantiles, participó en olimpiadas de dibujo técnico y en proyectos de investigación vinculados al Museo Raggio y al grupo ambiental de la escuela.
Ese compromiso académico y humano fue acompañado por una rutina de estudio exigente y organizada. Durante el último año asistía a la escuela en el turno tarde y realizaba pasantías por la mañana en la empresa USS de Seguridad Integral. Aprovechaba los traslados para repasar contenidos mediante herramientas de repetición espaciada y reservaba días específicos para el estudio profundo, articulando permanentemente la teoría con la práctica.

Entre sus áreas de interés se destacan la Matemática y la Teología, disciplinas que, según explicó, le permiten comprender la realidad desde una perspectiva rigurosa y, al mismo tiempo, humanista.
La experiencia migratoria fue, a la vez, un motor y un desafío. Si bien impulsó una fuerte valoración de la educación como principal capital, también implicó enfrentar la distancia con la familia extendida y los afectos. Aun así, César señaló que nunca estuvo solo: el acompañamiento constante de su familia, amigos y docentes fue clave para sostener el proceso.
De cara al futuro, su proyecto es estudiar la carrera de Actuario en la Universidad de Buenos Aires y complementarla con la Tecnicatura Universitaria en Seguros en la Universidad Católica Argentina. Su objetivo es formarse como analista y cuantificador de riesgos, con una mirada técnica, ética y social, orientada a la toma de decisiones informadas.
Para su familia, este reconocimiento representa la confirmación de que el sacrificio valió la pena. Como familia migrante, entienden que el logro demuestra que el origen no es un límite cuando existen esfuerzo, educación y oportunidades. César considera que este reconocimiento no derriba estigmas, sino que refuerza una idea central: todos tienen las mismas capacidades cuando cuentan con condiciones justas.
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El mensaje final que comparte con otras familias migrantes es claro: confiar, perseverar y sostener el sueño que motivó la migración. Y hacia la sociedad argentina, expresa un profundo agradecimiento por haber hecho posible que el esfuerzo tuviera sentido.
Como resume el lema de la Escuela Técnica Raggio, una frase que acompaña su recorrido:
“Nunca mucho, costó poco”.





