El asedio a la Embajada argentina en Caracas no fue un hecho aislado, sino una pieza central en una intrincada maniobra de Nicolás Maduro para exiliar al principal opositor, Edmundo González. Según revelaciones exclusivas por una alta fuente diplomática brasileña, la operación contó con la participación activa del ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, conocido por su cercanía con el Gobierno de Maduro.
“Usaron la Embajada argentina, bajo la protección de Brasil, como parte de una intensa campaña para presionar a González Urrutia y forzarlo a abandonar el país. El dirigente estaba refugiado en secreto en la embajada de Holanda, y sabemos que el embajador de ese país está furioso por los detalles de este episodio”, afirmó la fuente.
El sorprendente involucramiento de Zapatero en esta maniobra, que lleva la marca de Diosdado Cabello, número dos de Maduro y ministro del Interior, ha causado gran consternación en Brasil. Zapatero, con una historia de visitas frecuentes a Venezuela y defensas públicas del gobierno venezolano, habría logrado arrastrar al gobierno español en una estrategia que favoreció claramente a Maduro.
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La estrategia tenía como objetivo debilitar la oposición al deshacerse de González Urrutia, intentando así sofocar las masivas protestas y desmoralizar a la disidencia. La vicepresidenta Delcy Rodríguez rápidamente facilitó los salvoconductos necesarios para el exilio del opositor, lo que llevó a una desescalada del asedio a la embajada, con la electricidad restaurada y una reducción significativa en la presencia policial.
La presión sobre Urrutia empezó con citaciones y pedidos de arresto por parte de la Fiscalía. La decisión de usar la Embajada argentina como herramienta de presión llegó cuando Urrutia, manteniéndose en la clandestinidad, no respondió a estas demandas.
Este audaz y cuestionable movimiento, aparentemente bien orquestado, ha logrado su objetivo y ha generado un claro triunfo para Maduro. La fuente diplomática sugiere que los detalles de esta operación podrían provocar un gran revuelo político en Europa.
En la cancillería brasileña, se temía la posibilidad de que la sede diplomática argentina fuera invadida y los seis asilados detenidos. Brasil mantuvo una firme postura de protección del edificio y sus ocupantes, que finalmente resultó decisiva cuando González Urrutia aceptó partir.




