Recientemente, salió a la luz pública el libro os quieren muertos, del escritor Javier Moro, donde se cuenta la dramática historia protagonizada por el político Leopoldo López y su esposa, Lilian Tintori.
A lo largo de 600 páginas, Moro no sólo aborda el costado político de la historia, sino que también se muestra la intimidad de la pareja frente a estos acontecimientos, sus miedos y sus reacciones.
Entre las confesiones que Lilian hizo para el medio se encuentra la forma como fue concebida su hija menor, quien nació en el año 2018, la activista dijo: «Concebimos a nuestra hija en la cárcel, en un baño, viendo correr las cucarachas» es el titular que dejó a más de uno boquiabiertos.
Los encuentros de Leopoldo y Lilian en la prisión también están incluidos en la novela, que revela cómo un embarazo que finalmente perdieron y la gestación del tercer hijo se produjeron en esas circunstancias.
“No hablaban, parecían una pareja de mimos haciendo contorsiones, o de sordomudos. Pero qué sabrosos los mordiscos, las caricias, los besos, se dijo Lilian. Qué vivo estaba. En el amor se daba cuenta de lo poco que la cárcel había hecho mella en su personalidad profunda. Era el Leo de siempre, desafiante, resistente, el padre de sus hijos, el hombre por quien estaba dispuesta a dar la vida. Pero había que darse prisa, en cualquier momento podía aparecer el Gordo por aquella puerta. Metidos en harina, a ella se le olvidó todo. ‘Al carajo las cámaras; si quieren vernos, que miren’, se dijo. Por lo menos no podrán alegar que el hijo será de Marco Rubio o de Carlos Vecchio, como dijeron en el programa de Diosdado al referirse al bebé que perdió. ¡Qué de maledicencias había soportado! No, este iba a ser el hijo de Leo y Lilian, concebido en una celda mugrienta a pesar de sus captores, como un ejercicio de pura libertad individual. El grito de placer de Leo era su respuesta a los malos tratos, a la incomunicación, al aislamiento, a la injusticia de su condena. Se reafirmaba ante la vida, esa vida que le intentaban cercenar y arrebatar”.
La vuelta a prisión, después de conseguir el arresto domiciliario, también fue un duro golpe para López y está reflejado en el libro de Moro.
“En su celda blanca, Leopoldo extrajo con delicadeza todo el cable que pudo, pero cada vez debía tirar con más fuerza hasta que se rompió. Pensó que no había suficiente para colgarse, intentó extraer un poco más, pero no lo consiguió. Derrotado, permaneció sentado en el suelo, los ojos cerrados para huir de la agresiva blancura de aquella luz. Empezó a sosegarse. Su pensamiento se volvió hacia los suyos, hacia todos los que lo esperaban fuera. La imagen de sus hijos, a los que hacía muy poco había estrechado entre sus brazos, le volvió a la mente. ¿Podía hacerles eso a ellos? ¿A Lilian? ¿A sus padres? ¿A sus compañeros? Sí, podía, y lo acabarían entendiendo; no en vano le habían acompañado hasta ese momento crucial. Sus compañeros entenderían que un héroe se fragua con la muerte«.
López recordó el momento en que fue aprehendido en 2014:
“Me entregaron como si fuera una mercancía”, recordaría Leopoldo. Los focos iluminaban los rostros de un fulgor blanquecino mientras lo escoltaban hacia el interior del edificio. Se fijó en esas cercas tan altas rematadas con concertina. Iba ser difícil escaparse, pensó. En el primer control le tomaron fotos de frente y de perfil, y le sometieron a un registro minucioso. Al devolverle la ropa, pidió que le dejasen quedarse con la cruz de madera que le había dado Lilian. Los custodios se la pasaron el uno al otro y la examinaron detenidamente para asegurarse de que no escondía nada prohibido o no fuese un arma disimulada. Eran jóvenes, y Leopoldo sabía ganárselos«.
Con información de El Correo




