El hombre ronda los 50 años. Llega a su casa en bermudas cerca de las nueve de la noche, después de un día de calor agobiante. Llave en mano, esquiva sin inmutarse a la decena de personas reunidas en la entrada de su edificio y abre la puerta principal. Él seguirá su rutina puertas adentro; el resto continuará con la suya: comer, beber y charlar de pie, como si estuvieran en un bar.
La escena, curiosa e inédita, se repite de miércoles a sábado desde las 19 en una tranquila cuadra de Saavedra. Allí funciona, desde hace apenas un mes, el que se promociona como el primer “hall bar” de la Argentina: un bar instalado en el hall de un edificio residencial.
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El lugar se llama Jöl y queda en Vilela al 2900, a dos cuadras del polo gastronómico del boulevard García del Río. El edificio, de apenas un año de antigüedad, alberga un local de solo 12 metros cuadrados, ubicado en lo que técnicamente es un espacio de circulación. No se trata del hall tradicional donde están los ascensores, sino de ese zaguán intermedio entre la línea municipal y la puerta de acceso, típico de construcciones antiguas y muchas veces inutilizado o cerrado con rejas.
¿En qué se diferencia este hall bar de los tantos locales que ocupan plantas bajas en la Ciudad? En que aquí el bar se integra directamente al área común, a través de una barra que conecta el espacio privado con el público.
La idea fue desarrollada por los arquitectos Mariano Varela y Julián Berdichevsky, del estudio BVARQ, responsables del diseño de este edificio de cuatro pisos y 14 unidades, hoy completamente vendido y habitado.

“Siempre pensamos que hay espacios en los edificios que cumplen una función y nadie los cuestiona: el hall, los pasillos, las terrazas. Nos preguntamos cómo reutilizarlos”, explicó Varela. “El espacio era muy reducido: no entraba una cochera ni un local tradicional. Entonces pensamos en algo que funcionara y le diera vida al edificio”.
En un lote estándar de 8,66 metros por 35 de fondo, los arquitectos decidieron “darle una vuelta de tuerca”. Se inspiraron en pequeños locales urbanos vistos en ciudades como Ámsterdam y descartaron la idea clásica de un comercio a la calle. “No puedo intervenir el espacio público, pero sí este intermedio entre lo público y lo privado”, señala.
Así, un pasillo ocioso se transformó en un punto de encuentro con movimiento constante. La gente se apoya en el cantero frente a la barra y, como el bar funciona solo por la noche, no se presta para que nadie se instale de forma permanente.
Especialistas en normativa urbana explican que la reforma del Código Urbanístico de 2018 habilitó este tipo de usos mixtos en toda la Ciudad. Varela confía en que el modelo se replique en futuros desarrollos. “Hay muchos espacios que podrían resignificarse. El Microcentro, por ejemplo, tiene un enorme potencial”, afirmó.

La singularidad arquitectónica explica parte del éxito de Jöl, pero no todo. Este jueves, pese a la lluvia y a un apagón reciente, el lugar estuvo lleno. Clarín pudo comprobar el desfile incesante de clientes atraídos por la propuesta del joven cocinero Misael Noe, de apenas 23 años.
En redes sociales, el bar se volvió viral gracias a reels y stories que muestran sus llamados “sándwiches atrevidos”. La carta es breve pero sólida: dos opciones de carne y dos veganas. El más pedido es el sándwich de tapa de asado, extremadamente tierno, con cebollas encurtidas, mostaza en granos y aderezo de miso y tahini ($16.000). También destacan el de tartar de lomo curado ($18.000) y el de melena de león con salsa toné veggie ($17.000).
La historia de Misael podría ser una nota aparte. Autodidacta, comenzó cocinando para sus tres hermanos menores. Aunque su madre soñaba con una carrera tradicional, él siguió su vocación. Sin estudios formales en gastronomía, empezó desde abajo como bachero en Yiyo el Xeneize. Observaba, preguntaba, aprendía.
Con sus primeros ingresos, comenzó a salir a comer y a descubrir sabores. “Un click fue Green Bamboo, todo agridulce, increíble”, recuerda. Hizo cursos de fermentos, técnicas básicas y experimentó sin descanso en su casa. Pasó por restaurantes, catering para grandes eventos —incluido uno para los Red Hot Chili Peppers— y el año pasado decidió emprender.

Un curso de creación de contenido digital resultó clave. “Mi única herramienta son las redes. Hoy importa tanto lo que vendés como cómo lo contás”, explicó. Cuando los arquitectos lo convocaron, dudó: la calle es tranquila y con poco tránsito. Entonces diseñó una estrategia basada en documentar todo el proceso y generar expectativa.
Organizó preaperturas relámpago, anunciadas por historias que borraba a los pocos minutos. “Respondían 150 personas diciendo que se lo perdieron, pero que iban a ir”, contó. El resultado fue un fenómeno orgánico: en un mes, Jöl alcanzó 21.600 seguidores en Instagram, con picos de crecimiento de 1.600 en solo un día.
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La estrategia incluyó también una mascota: Joly, un conejo blanco de estética animé inspirado en Pinky, el conejito que Misael tuvo de niño. Hoy domina la barra y hasta tiene merchandising propio.
Por ahora, Jöl abre solo por las noches. Durante el día, Misael produce todo: panes, rellenos y preparaciones. La convivencia con los vecinos es buena; algunos ya son clientes habituales. “Uno baja en pijama a comprar su cena”, dijo entre risas.
“A mí me encantaría vivir en un edificio así”, concluye el chef, mientras sigue despachando sándwiches en el hall donde, contra toda lógica, nació un bar.
Con Información de Clarin.-




