Desde siempre, una de ellas sintió que quienes la criaron no eran sus padres biológicos, y en 1999 decidió embarcarse en la búsqueda de sus orígenes. La otra siempre supo que había sido adoptada, pero también sentía la necesidad de conocer su vínculo de sangre. Ambas compartían la sospecha de ser hijas de desaparecidos durante la última dictadura, pero los análisis para rastrear su ascendencia resultaron negativos.
Sin embargo, en 2022 la suerte cambió: se detectó una coincidencia genética del 99,9% entre Carina Rosavik y Carolina Sangiorgi. ¿Es posible esperar algo más emocionante que encontrar a una hermana después de 40 años? Sí, ¡un tercer hermano! Carlos Piñero, el menor de los tres, quien finalmente se reunió con ellas en esta ciudad para conocerse y abrazarse por primera vez.
La confirmación llegó casi al mismo tiempo a través de un aviso de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), el organismo encargado de ayudar a quienes tienen dudas sobre su filiación.
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«Fue una ansiedad enorme«, cuentan, porque en esos mensajes no hubo demasiados detalles. Desde el sábado pasado, cuando recibieron la noticia, hasta ayer, cuando les informaron de qué se trataba, vivieron 48 horas de incertidumbre y tensión.
«Y bueno, al final me tocó esto«, dice Carlos, sonriendo, mientras señala, abraza y besa a sus hermanas a orillas del mar, en la misma playa Bristol donde hace dos años y medio ambas habían brindado una entrevista para contar su reencuentro, que fue tan sorprendente como celebrado.
Carina, de 48 años de edad, vive en Córdoba. Carolina, de 46, reside en Mar del Plata y es la única que sabe algo más sobre su historia: fue adoptada por una pareja de San Cayetano, que la llevó desde la Casa Cuna de La Plata y la inscribió en el Registro Civil. Carlos, de 45, vive en Ezeiza, provincia de Buenos Aires, con su pareja, Bárbara, y sus gemelas, a quienes llama “hijas del corazón”.

Carina Rosavik, Carolina Sangiorgi, y Carlos Piñero en Mar del Plata.
Fue Bárbara quien más lo animó a resolver las dudas sobre su identidad, especialmente después de la muerte de sus padres adoptivos, lo que eliminó la posibilidad de un cotejo genético directo. «Pidieron ser cremados», recuerda Carlos, y plantea la sospecha de que esa decisión fue tomada para evitar que él pudiera avanzar en esa búsqueda.
«¿Por qué dudaba?», se pregunta Carlos. «Tenía tres partidas de nacimiento, todas con nombres diferentes, y nunca me la daban. Algo raro había«. Esas dudas lo llevaron a cuestionarse su origen, y tras la muerte de sus padres adoptivos, consiguió que sus tres hermanos adoptivos le entregaran la documentación necesaria para poder casarse.
Con esa documentación, se acercó a la Conadi, que confirmaron que no aparecía en los registros. Al tercer día, le realizaron las pruebas genéticas para iniciar la búsqueda en el banco genético del organismo, clave en la identificación de hijos de desaparecidos durante la dictadura.
La primera novedad fue negativa: un test basado en los registros de Abuelas de Plaza de Mayo. Carina y Carolina también habían comenzado su búsqueda por allí, obteniendo resultados similares: una lo hizo en 1999 y la otra en 2005.
Luego, la Conadi habilitó un programa reciente para “Mamás que buscan”, que incluyó la posibilidad de rastrear hermanos. «Ahora hay una máquina alemana mucho más moderna que permite encontrar las coincidencias más rápido», explica Carina, quien no solo buscaba su identidad, sino que también se involucró en la investigación de otros casos.
Carlos, fanático de Nueva Chicago y coordinador de guardia de un hospital, no oculta la felicidad en su rostro. «Fue increíble, a primera vista», cuenta sobre el primer contacto por videollamada. La noticia de que había un tercer hermano ya era conocida, solo faltaba conocerse en persona.
El encuentro cara a cara, con abrazos y besos, tuvo lugar en esta ciudad. Carolina y Carlos establecieron rápidamente una conexión, lo que llevó a Carina a viajar desde Córdoba sin saber que los tres se conocerían en ese momento.
La sorpresa fue aún mayor cuando, mientras llamaban a Carlos para que fuera a Mar del Plata, él les dijo por teléfono que no podía, porque tenía que trabajar. Dos minutos después, entró por la puerta de la casa de Carolina. «Fue espectacular, muy emocionante», cuentan. «Si hubiera sabido que eran ellas, ni siquiera habría buscado», bromea Carlos, mientras las abraza y besa.

Los tres hermanos de sangre se acaban de encontrar, conocer y abrazar por primera vez en Mar del Plata
Durante estos días, hubo paseos, salidas, fotos y videos, como para llenar un álbum familiar que había permanecido en blanco durante más de cuatro décadas. Carlos había jurado no volver nunca más a Mar del Plata después de sufrir un esguince cerca del lobo de mar en la rambla, pero ahora dice: «Tuve que regresar, obligado. Y habrá varias visitas más».
«Los tres somos Car», remarcan, destacando la coincidencia en los primeros nombres, como si eso fuera otra señal de su vínculo, que comenzó con un test de ADN y se consolidó cuando se miraron a los ojos y se reconocieron como hermanos de sangre.
¿Habrá un cuarto hermano? «Para mí no, ya está», responde Carina, la más activa en el tema, quien anticipa que su mayor expectativa ahora es averiguar quién fue su madre. «El padre siempre es más difícil», afirman, aunque coinciden en que aún queda mucho por investigar.




